CORREO ELECTRONICO

martes, 8 de septiembre de 2026

Plan Jaba

 "Plan Jaba" Por las inclemencias del tiempo que han azotado últimamente la zona, dejando los caminos intransitables, el servicio de despacho a domicilio en Guanaqueros se ha visto parcialmente interrumpido.  Pudimos realizar compras on line con retiro en un centro comercial de La Serena (me reservo el nombre para no hacer publicidad). La operación, expedita y gratificante me hizo recordar el famoso "Plan Jaba" del cual mi mamá en Cuba era beneficiaria. Era un beneficio para mujeres trabajadoras quienes el primer día de cada mes antes de ir al trabajo pasaban por la bodega del barrio y entregaban al bodeguero sus jabas (entiéndase bolsas grandes de saco) y la tarjeta familiar de abastecimiento. Al final de la jornada laboral mi mamá pasaba por la bodeguita, sin hacer la consabida extenuante cola, pagaba y se llevaba a casa sus jabas con los alimentos que tendría que estirar lo más que pudiera haciendo maravillas con los escuálidos productos asignados para los treinta días. Generalmente la cuota del mes no pasaba del día 25 y de ahí en adelante venían los malabares que hacía María Rabassa para mantener encendida la cocina. Y así años tras años hasta que jubiló. Jubilada perdió el beneficio y volvió a las interminables y deprimentes colas todos los primeros días de cada mes (los malabares nunca la abandonaron). Situaciones dispares si comparamos a la Cuba de ayer y hoy con el Chile presente, pero en mi caso es  inevitable evadir el pasado en la isla y traerlo de vez en vez cual pesada mochila al hombro. Nunca, es malo mirar atrás. Qué tiempos aquellos!     Guanaqueros, julio 2026

Aniversario

 • Aniversario                                                     “Hay que abordar las cosas desde dentro, no solo con seriedad, también es necesaria la pasión” / Stefan Zweig.                                                            Pocos me entendían cuando les hablaba sobre la necesidad de jubilar a penas cumpliera los sesenta y cinco, no por cansancio físico sino porque me faltaba tiempo, ese tiempo que se perdía en los rígidos horarios laborales y nimiedades de la cotidianeidad. Ahora dispongo de ese tiempo que distribuyo a mi antojo. Dulce libertad, lejos de exigencias, sin compromisos. Primera etapa, un viaje a Nueva Zelanda en familia, luego una larga estadía en Guanaqueros donde sin poner en peligro el equilibrio secreto que la naturaleza nos concede, hermoseamos el entorno. Apareció una vitalidad desbordante. Mis manos, reflejo de un largo camino intelectual se volcaron al trabajo arduo para desmalezar, plantar y embellecer el lugar. Descubrí en mí una fuerza bruta que nunca antes creí tener. Despertó ese pasado cuando en Cuba obligatoriamente iba a los “trabajos voluntarios”, (Eufemismo socialista). Surgió ese cansancio reconfortante que disfruto porque veo resultados inmediatos, trabajo por mí y para mí. No hay espacio para la monotonía, sí para la reflexión y el bienestar. Me compré una guataca (entiéndase azadón), una picota, un taladro, un rastrillo y muchos libros que no podían faltar. No soy derrochador, cine, teatro, conciertos, muchas tertulias,  juegos de mesa entretenidos y cero preocupación. Que tenía planificado hacer más cosas en este primer año? Es cierto. No viajé a Cuba, tampoco a Estados Unidos, no he concretado mi Podcast de literatura, pero son cosas que ya vendrán. Los que a mis  espaldas vaticinaron que ya me verían aburrido, sentado en un banco echándole migas a las palomas, tendrán que esperar mucho más, porque tiempo, energía, sabor y como decía Stefan Zweig, Pasión, siempre habrá. Feliz aniversario.    Guanaqueros, julio 2026

A través de una nube blanca

 "A través de una nube blanca"            

                                         Aotearoa            

Ayer mi prima Elizabeth Rabassa, residente en Cuba, enterada de mi estancia en Nueva Zelanda, me preguntaba qué me parecía este país. Quería noticias, pero rápidas porque con el tema de los apagones temía que no le alcanzara la batería para tanta cháchara. Sí, Elizabeth es la misma prima dicharachera y garabatera, protagonista de mi otro relato "Mujer enamorada junto a la batea cantando" publicado en mi blog literario. Esta vez como siempre la ansiedad la arrebataba, pero yo tenía solo dos alternativas, o le decía simplemente “Este es un país maravilloso", o explayarme como acostumbro a hacer. Vamos por la segunda opción.  

_Elizabeth, hemos recorrido en un camper las dos islas, ambas mucho más grandes que Cuba. Imagínate el panorama, dos jubilados con sus hijas adultas compartiendo espacio, tiempo y construyendo anécdotas entre conversaciones profundas o charlas simples y nimiedades como “Qué vamos a comer hoy”. Siempre frente a paisajes monumentales en un viaje sin prisa ni pautas. Ya te mandaré fotos. Estoy trabajando un texto más detallado sobre Nueva Zelanda y su vida, sobre Auckland que no es la capital, pero si la ciudad más poblada; sobre los kiwis y sus varios significados, sobre la población maorí, sobre la ganadería, motor económico de la vida, superando ampliamente en números a su población humana. Algo así como sucedía en nuestro Camagüey hasta que llegó quien tú sabes al poder y nos dejó sin ganado y sus derivados. Y no solo eso, porque con el ganado desaparecieron las verduras y hortalizas. ¿Dónde fueron a parar los extensos mangales del tío Elio Rabassa? ¿Te acuerdas?  

_ ¡Ay, primo!, ¡cómo no voy a acordarme!

_Elizabeth, hemos constatado el esmero que ponen sus habitantes por cultivar la tierra, producir y al mismo tiempo cuidar la naturaleza. Las vastas extensiones dedicadas a la cría del ganado y sus granjas así lo demuestran.

Me atropello hablando porque tengo muchas cosas que contarle.

Y mientras hablo con Elizabeth pienso necesariamente en Cuba, mi querida isla pisoteada por la bota comunista. El gobierno queriendo copiar los fallidos “logros” soviéticos creó comunidades agropecuarias improductivas y cooperativas agrarias inoperantes (los famosos Sovjov y Koljov stalinistas al más estilo caribeño). Y como resultado terminó hundiendo al pueblo en la hambruna y el absoluto desabastecimiento. Los guajiros fueron sacados de sus bohíos. Los convencieron con una lavadora rusa y otros electrodomésticos de mala calidad, que agrupados en gallineros de concreto tendrían más comodidad y mejor desenvolvimiento en el ámbito productivo. Y sucedió lo inverso, retrocedieron. En verdad sufrieron el desarraigo. Arrancados de sus valles y colinas donde no faltaba el aguacate, el mango, la piña, cosecharon en lugar de frutos, penurias. Y hasta hoy día no ha cambiado nada. El régimen cubano mientras siga controlando la economía a través de su aparato militar (por lo demás deficiente) vivirá de la victimización y se distanciará cada vez más del desarrollo de estas otras pequeñas islas donde no falta comida y sobra libertad. Si el capitalismo convierte los lujos en necesidad, el socialismo convierte la necesidad en lujo. Como resumen puedo afirmar que la igualdad, manido concepto que ocupa la izquierda, no es un criterio de justicia, es solo una guillotina que sirve para que los ricos y los pobres bajen a peldaños inimaginables de empobrecimiento crónico y común, mientras esperan el futuro luminoso y las grandes alamedas.

_ Acá en Nueva Zelanda no hay pancartas llamando a redoblar los esfuerzos, no hay consignas, solo hay una voluntad de crecer. Los granjeros trabajan harto, enfundados en sus gumboots, botas de goma indispensables para enfrentar el lodo del campo, pero también se les ve relajados, abrigados con gruesas chaquetas, pero muchas veces en shorts en un bar al estilo irlandés. Bares que aparecen de la nada, perdidos entre las granjas (station) y los galpones de esquilas. Y ahí están ellos tomando cervezas o disfrutando un whisky. Esto si es vida y lo demás bobería, chica.  

_¡A viaje! - exclama Elizabeth con entusiasmo.

_Algunos a pesar del frío, andan descalzos.   Peculiaridad de este país donde hasta en las ciudades puedes ver gente sin calzado en una tienda, a la salida de un colegio o un portal.   Es una costumbre aceptada por todos.  No te puedo enviar fotos porque sería una invasión a la privacidad.

_Pero ¿qué es eso caballeros!  

_Por el camino hemos visto pueblitos pequeños, pulcros, ordenados con servicios básicos y supermercados atendidos por indios, asiáticos serbios, croatas. Hasta una búlgara me encontré por acá, pero eso es una historia emocionante que debe ser contada con más tiempo en otra oportunidad.  

Con el dolor del recuerdo y Cuba en mi corazón, seguí contando a Elizabeth Rabassa de las bondades de esta isla tan distinta y especial, hasta que me preguntó:  

_¿Y cómo salimos de este subdesarrollo crónico, primo?

_Nadando querida prima- le dije yo- Nadando.

_¡Qué cosa más grande, caballero!

Y de pronto se cortó la comunicación.

Apurando el paso, apagué el celular y seguí curioseando el ir y venir de las pocas personas que me encontraba en los alrededores de Meola, Kiwi Road y Wakatipu Street en el hermoso barrio de Point Chevalier.

Elizabeth querida, ya volveremos a conversar, y te prometo que despejaré desde acá todas las nubes blancas para que puedas ver con total transparencia cuán hermoso y desarrollado es este país.

 Auckland, noviembre 2025

Tete y compañía

   Tete y compañía.                                                    Hoy les quiero contar sobre Tete, la mascota que heredé de Isadora cuando ella no pudo llevársela a Nueva Zelanda por razones que antes ya había relatado. No fue sorpresa porque siempre intuí que eso podía pasar, y aquí estamos ocho años después  compartiendo con Tete y cubriendo todas sus necesidades. Ahora, en esta etapa de jubilado, la hemos trasladado de ambiente y le hemos cambiado el cómodo apartamento de Providencia por este otro entorno rural, Guanaqueros.                               Las mascotas de ciudad suelen disfrutar el doble cuando descubren la libertad que les brinda el campo y la playa, el espacio abierto, el aire más puro, el silencio y el sonido de las aves que pueblan el entorno. Acá en Guanaqueros se ha sumado un entretenimiento a los paseos de la Tete. Se trata de dos perras tan adultas como ella, pero que la superan en tamaño y volumen. Blue y Negra. Son vecinas. Todas las mañanas vienen temprano y esperan pacientemente a que salgamos al paseo matutino. ¡Qué gran compañía han armado! Al principio yo andaba con recelo, sobre todo porque la Blue y la Negra, aunque tienen dueño, se han criado bastante salvajes y al parecer no tienen hábitos ni comandos establecidos. Lo que descubrí con el tiempo es que el placer de ellas residía en custodiar a la más pequeña y en varias ocasiones han demostrado su valía al defenderla cuando se acercan otros perros. Son como verdaderas guardaespaldas. Una con más energía que la otra dosifica su andar para no desenmarcarse del trio. Y Tete ha empezado a copiarles. Antes en Providencia evadía los charcos de agua de una manera bastante aristócrata, en cambio ahora los busca con entusiasmo y los enfrenta, ojalá con lodo porque eso la hace sentirse parte de la manada. No tengo claro si es por copiona o por placer, pero lo concreto es que se sacudió las reminiscencias del barrio citadino. Dejó atrás los ruidos de la ciudad, el cemento y pavimento de Andrés Bello para mimetizarse a tiempo completo con  este nuevo entorno natural. Verla pasear e interactuar libremente, me llena el corazón. Sus patitas llenas de barro es en todo caso una cuota de felicidad para mí y entiendo que esta vida, mitad campo, mitad playa, le ha devuelto su lado más salvaje sin dejar de ser la tierna perrita de antes. Sigue con sus otros hábitos, sus largas siestas y una que otra exigencia cuando se acerca la hora de comer, porque en eso sigue siendo muy fina. Pollo a la parrilla, pescado fresco, salmón austral. Pablo, mi cuñado, siempre dice que cuando él muera se quiere reencarnar en la Tete porque “Pucha que come bien”.   Tete, la Blue y la Negra suena como el nombre de la mejor  banda perruna  de rock del desierto, pero en realidad son tres adorables perros que se acompañan y dan placer. Se sientan sobre el pasto y estropean las añañucas. El paisajismo no es lo de ellas y podrían catalogarlas de criminales los ambientalistas. Lo importante es que desde su comportamiento salvaje y natural ha nacido una genuina amistad que solo yo he logrado entender. El amor está ahí, se materializa dos veces al día en las mañanas y en las tardes cuando nos toca con calor, frío o lluvia salir a enfrentar por estos caminos la indómita naturaleza. Bienvenidas estas vecinas y bienaventurados los que podemos  disfrutar a las tres.                                          Guanaqueros agosto 2026

martes, 15 de octubre de 2024

“Retrato de mujer junto a la ventana fumando”

 


“Retrato de mujer junto a la ventana fumando”



La nostalgia es un sentimiento universal,

que nos conecta con nuestros recuerdos más profundos y preciosos.

                                                                                                          Marina Tsvetaieva 


“¿Acaso, no habías escuchado esta frase que versa así?: Los recuerdos pueden ser distintos, pero nos hacen a todos iguales.

_ ¿Cómo?

_Vulnerables

_ ¿Cuán vulnerables?

_Como un pequeño punto en el espacio”


Parafraseando a su amigo ella vuelve al pasado. Ese diálogo afloraba justo en una de esas jornadas, con poca motivación, donde la mente tiende a escaparse a rincones plegados de sueños fantasiosos alejados de lo concreto y real. El corazón aumenta el ritmo de la vida, dando rienda suelta a esos cuadros del ayer que estimulan sus sentidos.  Con la gata Nonita ronroneando y rondando a sus pies, ella se fuma pacientemente su tercer cigarrillo de la mañana. Ha olvidado por un rato el trapero y las ollas esmaltadas que se acumularon sucias en la cocina tras el desayuno. Demasiado trastos para unas tostadas con huevo, mermelada, mantequilla y una taza de té verde. Quiere disfrutar su soledad, ese espacio de claridad que le da el silencio mañanero cuando queda sola en casa.


Desde su ventana, con vistas a la nada porque balcón no tiene, quema las horas de este triste día invernal. Un trozo de calle y el silencio la acurrucan en su anodino departamento. El aroma a hiedra que creció y se multiplicó con el paso irreverente del tiempo al lado de su ventanal la conmueve. Con la parsimonia que la caracteriza trata de espantar el óxido corrosivo de la rutina. El fresco aire que penetra por la balaustrada la trasporta a momentos del ayer. Abril. Entonces era verano, o mejor dicho fines de verano entrando al lánguido otoño santiaguino. Ella se ve en aquel animoso café de la calle Alonso de Córdova con Rosario Norte donde lo conoció; la misma mesita de madera rústica con capacidad para cuatro personas, las mismas sillas rojas y negras, el mismo cenicero tricolor, el servilletero importado, la bandejita con dulcecitos finos, el ir y venir de gente bien vestidas, jóvenes generalmente: oficinistas unos, altos ejecutivos otros. Mujeres elegantes y bien maquilladas con atuendos de buena factura; hombres grandes, musculosos y fuertes, algunos delgados, pero nunca esmirriados. El sector era demasiado cuico para permitirse calamidades.  Todos esos detalles los palpa con su mente como eco y guiño de lo que pudo ser y nunca fue. 


Han pasado más de cuatro años desde entonces. Cuando lo conoció, aquella tibia mañana quedó prendada de él. Fascinada. No fue porque la deslumbrara su pinta, bastante normal para el entorno, ni por sus zapatos puntiagudos poco tradicionales, sino por su acento caribeño y el uso acaramelado de las palabras que ocupaba.  Ella recuerda que, desde el abismo de su blusón escotado, cubierto por un chal trasparente, palpitaban insipientemente sus senos cual pequeños gorrioncillos enamorados. Su corazoncillo con secos latidos algo quería decirle, pero no captó la verdadera señal, tenue en ese instante. Con el paso de los días se intensificaron sus innumerables encuentros y con ellos se multiplicaron sus emociones. Era una sensación confusa y a la vez intensa.


Aunque ambos trabajaban en oficinas distintas pertenecían al mismo holding y esto los obligaba a concretar reiteradas reuniones, unos por necesidad laboral otros por voluntad propia y placer. Las carpetas atiborradas de documentos en ocasiones ni se abrían, estaban allí como decorado de una puesta lúdica y armónica de esa obra que ella estaba interpretando con frenesí. Con el café conversado y unos dulcecitos acompañados de historias miles gastaban ambos las horas. Era una suerte que el trabajo, rutinario tiempo atrás, ahora le entregara placer; la misma actividad de siempre se volvió enriquecedora. El entusiasmo bullía. Pero ella estaba consciente que debía conocer a fondo lo que esperaba esa persona de ella, precaución, ante todo. Las canas que peinaba no estaban por gusto sino por dejadez. Pensándolo bien ya era hora de pasar a visitar a su afamado estilista quien le devolvería sin duda unos años de preciada juventud.


A ella generalmente le costaba ceder a las tentaciones, sin embargo, se percató que se estaba dejando almibarar con esos encuentros esporádicos al principio, recurrente con el paso de las semanas. El trabajo que días atrás le resultaba agobiante y le arrebataba la fuerzas se le hizo más placentero, descubriendo que renacía en su interior una vitalidad importante nunca experimentada.


¿Por qué tenerte sin tenerte? ¿Por qué de mis pasos te desvías?  ¿Por qué te callas y te escondes? ¿Por qué mientes, si me ansias? No tenía idea de dónde había sacado esos versos, si los había leído o quizás inventado producto del lirismo y espiritualidad que a veces la envolvía, pero lo cierto es que la interpretaban muy bien.



Ella entendía que la conexión no necesariamente tenía que   ser amorosa, había muchos temas en común. Él era muy diplomático, aunque una vez, en un arranque de sinceridad, bastante frecuente, le había confesado que le encantaba de ella su natural candidez, esa sencillez provinciana que la envolvía. Pero le molestaba su lento andar, demasiado para su gusto. Y estiraba la palabra "demasiaaaaado" para darle mayor énfasis. Verdad que ella estaba envuelta en una nube romántica y aterciopelada con formas suaves y severas a la vez, pero ¿qué hacer si era lenta por naturaleza?; pero eso de que le dijera “provinciana” no le cayó para nada bien. Qué patudez.  ¿Quién se creía él que era, acaso por venir de fuera tenía el derecho de atropellarla de tal manera? 


Él se aprovechaba del pánico y dos o tres veces le repitió “Provinciana” El hecho de que ella hubiera nacido en un bello pueblo sureño no le daba derecho para restregárselo en la cara. Qué ganas le entraban entonces de decirle “Mira, te daré tres segundos para que, gracias a mi infinita misericordia femenina, te arrepientas o retractes de esos apelativos”, pero se mordía la lengua. Sólo se lo perdonaba porque no quería perderlo.


De vez en vez, siempre que el trabajo les permitía, se entretenían en un mar de charlas. Y ella se extasiaba con sus profundos discursos rimbombantes, también sus nimiedades. De él conoció su aprecio a la libertad, su odio al sistema comunista, su miedo a los apagones, su infancia de privaciones, sus frustradas revoluciones, sus pesadillas, su futuro, sus muertos, ángeles y demonios. 


Y ante sus dudas y consultas breves él arremetía con discursos apasionados

- ¿Es que no sabes acaso que nos dejaron sin libertad, sin independencia, sin voluntad?

_ ¿Pero y la libertad de expresión, el arte, la cultura?

_ ¿Eres ingenua o te haces? En ese régimen se imprime y distribuye todo lo que según los cuadros del Partido se puede y debe leer. El arte está solo al servicio de la Revolución. Conozco el caso muy de cerca de dos amigos míos escultores.  El que no quiso adular al sistema, ni envenenar su quehacer cultural, o sea su creación genuina con consignas y lemas del montón, término acorralado y relegado en Miami; En cambio el otro disfruta de un buen pasar con el precio que debe pagar por ello. Podría profundizar esas historias porque tengo muchos detalles, pero será otro día cuando tengamos más tiempo. Hoy no pretendo enlodar este hermoso momento- deja un lado la taza de café y con mirada desafiante le espeta- No sé hasta cuándo “tu izquierda” seguirá rindiendo homenaje a la anacrónica revolución cubana. Dime una cosa. ¿Ustedes cierran los ojos por identificación política, o por simple gratitud hacia el régimen que los acogió después del 73? El socialismo ya no seduce, por el contrario, produce trauma. Para mí fue un choque violento y no se lo deseo a nadie.

_ ¿Entonces no valoras nada?

_Sigo enamorado de la vitalidad del entonces, de la ingenuidad de nuestra generación y del ímpetu que le pusieron mis padres a mi desarrollo. Nosotros vivíamos bajo un manto de verdadera austeridad socialista mientras los dirigentes lo hacían como burgueses. 

_Participaste en trabajos voluntarios y…

_Vivíamos en los trabajos voluntarios porque esa palabra “Voluntario” parte del modelo avanzado y puro del socialismo perdió su encanto cuando el mismo trabajo que se suponía debía dignificar pasó a ser obligatorio y forzado. 


Ella suspira y busca en su cartera un cigarrillo que no podrá encender porque ya ha visto el cartel “Prohibido fumar” 


_Y antes que se me olvide quiero retomar el tema de la libertad. La libertad a la que tú te refieres y que ha sido secuestrada por los miembros de la Seguridad del estado; oficiales forjados en Cuba, otros, los más duchos, graduados con honores en la extinta Unión Soviética, no es como te la imaginas. Los oficiales encargados de reprimir, hostigar, amedrentar, presionan a todo aquel que piense diferente incluyendo a sus pares porque es allí donde fácilmente se detecta a tiempo la manzana podrida. Así llaman a los que tienen planteamientos diferentes “fuera de lugar” en ese mundo de Estado presente y colectivismo. Tendría que hablarte con detalles de la KGB caribeña o la Stasi cumbanchera nacional, quienes bajo el anonimato que le brinda el Estado y envueltos en una cortina tóxica de poder cometen acciones vejatorias muy lejos del concepto de Libertad que tú manejas hoy. Ni te imaginas las situaciones perversas que idean e instrumentalizan para con el terror evitar y coartar la genuina expresión popular. ¡Y tú vienes a hablarme de libertad! ¡Ay mujer! Nadie puede obligarme a ser feliz a su modo, con eso te resumo todo.


_ ¿Y el internacionalismo?


_Eso se llama trata de soldados y médicos, que le otorga al gobierno simpatía por parte de la izquierda, pero somete a los miembros de esas brigadas internacionalistas en un modelo monetario de intercambio, donde prima la falta de pagos justo porque el Estado se queda con la tajada más grande. Y te cuento que esos médicos sufren la retención de pasaportes y la restricción de movimientos. Me irrita tu fervor revolucionario.


_No te enfades.


_Créeme que no voy a cambiar mi discurso por contentarte ni agradarte. No necesitamos pensar igual, pero debemos respetarnos. La liberad es un preciado tesoro que solo la aprecian los que no pudieron tenerla o los que la perdieron. Todo esto que ahora disfrutamos aquí, el lindo local, la amabilidad de los empleados, la atención esmerada, el cafecito distendido y conversado, el entorno delicado con exuberante vegetación no lo tendrías en el socialismo, a menos que seas parte de la cúpula del poder. En ese sistema no puedes darte estos pequeños lujos. Todo esto estaría fuera de tu alcance.


Era el momento de pedir la cuenta. Lo cuerdo era retirarse hasta que se recuperara la serenidad. Moría ese espacio de placer y disfrute. Ella respiraba hondo y obligaba a su corazón a calmarse. Con la vista fija en los restos del café colombiano de su taza, se quedaba sin palabras para rebatir sobre todo porque ese discurso provenía de alguien que había vivido ese régimen.  Y ella que era muy de izquierda sin abrazar de lleno esta otra nueva ideología empezó a pensar diferente, a abrir su mente, a ser más receptiva. Sin cambiar de bando elogiaba la honestidad de su interlocutor. La Cuba de él no se comparaba en nada con la idea que ella tenía de esa paradisíaca isla.


“_Es una Cuba sin adornos, consumida hasta lo más profundo en todos sus aspectos incluso aquellos de los que antes se vanagloriaban como la salud y la educación. Porque- insistía él- lo importante para la izquierda no es que haya una buena salud y educación, sino que todos tengan las mima. Cuba es la suma de adoctrinamiento, de actos de repudio, de encarcelamientos, de sueños frustrados”


Regresa al presente. El sol ya no se enmarca en el rectángulo de la ventana. La Nonita se contonea entre sus piernas y ella con delicadeza la hace a un lado. ¡Vasta de llenar de pelos mi ropa! ¡Anda a buscarte un gato! Sonríe para sí y recuerda cómo llegó la gata a casa. Cuando su cuñada empezó a pavonearse por tener un nuevo gato angora, ella le pidió a su marido que no podía ser menos y hasta le pasó unas lucas para que comprara algo que, aunque no fuera de la misma raza por lo menos pareciera fino. Y después de tanto insistir un día apareció su marido con aquel gato iracundo e irascible. Con el tiempo ella llegó a entender que el gato había sido rescatado de algún parque y que la plata que ella le había pasado había tomado otro destino. Pero con el uso de buenos productos para mejorar el pelaje y mucho cariño llegó a dulcificar a la Nonita y a hacerla más llamativa y querible. Hoy es una gata muy foronga y nadie podría imaginar su pasado. Nonita siempre pertenecerá al barrio alto, sin duda alguna.


Ahora para evitar una depresión irreversible va por el cuarto cigarrillo. Promete que será el último de la mañana y que no volverá a fumar hasta pasado el mediodía. Su celular suena, es su marido. Unos segundos más vuelve a sonar y ella se imagina a su media naranja con cara de dolor de muelas, corroído por la impaciencia del que ve en el celular la necesidad y la inmediatez que supone contestarlo. Llamada necesaria pensaría el marido, llamada invasiva recalcaba ella. Que espere, ya habrá tiempo para el presente. No puede despojarse del pasado que cuelga de un hilo. Tras la primera bocanada del cigarrillo le vino un hipo intempestivo e intermitente y no supo si era producto de la emoción o del susto de saberse observada por su marido. Afuera el canto de unos pájaros le aportan música al momento y baja el nivel de nerviosismo.


Vuelta a la ventana, en la calle deslucida y más bien anodina, lo mismo de siempre, árboles añosos con abundantes hojas color castaño esperando la foliación anual. Una vecina que conoce muy bien pero que quiere evitar, va por el pan con su perro faldero. Ella sigilosamente estira el velo de la cortina y se esconde tras de él. Parapeteada quiere evitar que la señora la descubra y le dé por quedarse parada charlándole desde la acera como ha hecho otras veces. Hoy no está para chácharas.  De soslayo ve al gracioso perrito que ansioso juega revolcándose en el pasto fresco y a la vecina, ya de espaldas, que tira fuertemente de él. Desde la otra dirección una joven con pulcro delantal de empleada doméstica arrastra a un par de chiquillos gritones. Sus alaridos desentonan con el apacible barrio ñuñoíno. También divisa al borrachito. Tan temprano y ya cufifo. Con la cara roja y los ojos saltones va camino al almacén de la esquina donde permanece todo el santo día esperando limosnas que luego traduce en un vino de caja barato. Aparece un barrendero haitiano que a pesar de su aparente miseria y precaria indumentaria se arrastra con grandes botas de goma sin dejar de hablar por celular con acento estrepitoso en una lengua ininteligible para ella. Bueno, cada uno con su tema. Desde su balaustrada no alcanza a ver más, pero se imagina el resto. 


Este es su panorama que suma a sus recuerdos.


- ¿Te gusta leer? Le preguntó él una vez.

_Por supuesto, aunque como tú dices, soy bastante lenta.

_Me imagino. Yo puedo leer hasta siete libros a la vez, más no, sería un despropósito. Se río.

_ ¿y puedes mantener el hilo de tantos textos?

_Obvio, te explico. Paralelamente leo un par de novelas de épocas diferentes con locaciones que sería imposible poder confundir, digamos distintos géneros, novela negra y costumbrista, a eso agrega un cuento, una obra de teatro (de Chejov, por ejemplo), un libro de poemas, un ensayo, un texto histórico, una fábula.  Como vez, no hay donde perderse porque cada cosa tiene su estilo. 

_Es como cambiar de canales mirando televisión

_Algo parecido. De todas maneras, exige concentración y siempre sé en qué momento debo dejar un texto y pasar a otra lectura. Todo es magia y placer  

_ Eres extraordinario  

-ja ja ja. No todos los empiezo al mismo tiempo, cada cosa avanza con cadencia propia, tampoco los termino al unísono. Se juntan sobre el velador sin orden aparente, pero con disciplina.

_ Te felicito.

_ ¿Por tan poco? aún no conoces todas mis virtudes.

_Ególatra- Vuelven a reírse.

Esos guiños la hacían feliz.


Ese desplante la fascinaba y la colmaba de ese gustillo dulce de quien pretende escarbar más y encontrar en las otras personas senderos desconocidos. Invadida por la curiosidad y la amalgama de deseos se dejaba envolver con cualquier tema. Y en silencio ella seguía oyendo su voz que no se apagaba. Cada pasaje era una bocanada de aliento.


Y volvían a encontrarse en ese café con agitación febril y energía tenaz. Disfrutaba cada   encuentro sabiendo que atreverse a amar fuera de las convenciones sociales era una aventura. No había que darle más vuelta al asunto porque al final era solo eso. Era un gustillo. 


Un día trasladaron le reunión para la hora de almuerzo. Había llovido durante la mañana cosa rara en ese Santiago seco y gris. Desde el local se divisaba parte de la cordillera, altiva, resplandeciente. El aire era puro. Daba gusto respirar. El restaurante estaba lleno, pero nunca repleto. En medio del estruendo de copas, cubiertos y roces de sillas se juntaba la variopinta fauna del sector; directores de empresas, funcionarios municipales, vendedores de seguros, ejecutivos de bancos. Aunque hubiese mucha gente, el dueño y sus amables empleados, mayormente venezolanos de la diáspora, le buscaban espacio y en un dos por tres armaban una acogedora mesa. “Mira ellos también escaparon del socialismo”- le decía él con sorna. Aunque estaba cansada acopiaba fuerzas para no decir cosas inoportunas.


Almorzaron pausadamente, degustaron un postre exquisito. Trabajaron harto, diseñaron estrategias de negocios, agendaron otras reuniones. Cuando se habían retirado la mayoría de los comensales y ese encuentro llegaba a su fin él le hizo una observación que ella interpretó como feroz “_No dejes restos de comida, menos esas torrejas de pan francés- le espetó esa vez. - No te imaginas lo que me irrita cuando veo a alguien botar un pedazo de pan. Con la necesidad que hay en tantos lugares del mundo. Esa es una ardua pelea que llevo en casa con mis hijos. Tienen prohibido botar el pan. Tómalo como reminiscencia del pasado revolucionario que me tocó afrontar. A mí me criaron con unos tristes ochentas gramos de pan agrio al día, si es que alcanzábamos. No quiero aburrirte con la historia, pero por favor cómete el bendito pan”

Mientras él ordenaba sus carpetas, ella mordía con desgano cada mendrugo, casi atragantada, sin ninguna voluntad de responderle o rebatirle. No tuvo más opción. Se comió el pan.


Fue él quien consultó el reloj. “Es hora de moverse antes que el metro se complique”. Media ciudad vuelve pronto a casa después del término de la jornada laboral. Pagan el almuerzo con los generosos vales de colación que solo se ven en el sector norte de la capital. El efectivo es para propinas, una cuota de humanidad y agradecimiento por el excelente servicio hacia los hermanos venezolanos. De allí cada uno a lo suyo.

 

Ahora sigue pegada a la ventana observando a Nonita y sus malabares por encaramarse al ficus que tiene en la sala de estar. Prometió no fumar más, pero los recuerdos la empujan a otro cigarrillo. Sigue mirando desde la ventana, pero con la vista fija en algún otro punto del más allá. Haciendo recuento pormenorizado de cada encuentro cierra los ojos y lo ve a él tan ecuánime y locuaz como siempre.


“¿Háblame de tu nido?” le sugirió él una vez y ella no supo qué contestar. El miedo a perderle como amigo la amilanó, aunque el tiempo y la distancia hicieran el resto. Se puso nerviosa, titubeó. Prefería vivir hechizada en esa nube de ensueño. Ella lo disfrutaba y eso era suficiente. De él apreciaba hasta su silencio, esas pausas cortas o largas, que podían desembocar en un encantador desenlace. Cada palabra tenía su peso incluso esa de “Provinciana” que tanto le molestaba. Cada palabra era de importancia capital. Ella le coqueteaba en cambio él no acusaba recibo, era inmutable. En buen chileno “no le entraban balas”. Desde su firme pedestal, así lo veía ella, mantenía su inmaculado equilibrio y dejaba retazos sueltos que contaban sobre su amor y devoción por su exitosa esposa, abogada, y sus tres adorables hijos. 


Ella para evitar desencuentros acogía sus charlas, prefería respirar el aroma del fruto prohibido, disfrutar lo pecaminoso, casual e ingenuo. Y si él se enfadaba no importaba porque en sus discursos había sólo derroche de pasión, mezcla de coraje y dignidad, pero nunca violencia verbal.


Llegó la pandemia con el encierro prolongado, el estrés, el miedo a enfermar y morir, la preocupación permanente. Seis meses de pesadumbre. Él se fue del país, desapareció de las redes. Se esfumó sin dejar huellas. Ella, entendiendo que no hay que darle amor al que se escapa, se reconcilió con su marido, por ella, por dos hijos, por su tranquilidad y estabilidad emocional. La venció el pragmatismo. Dejó de lado su arrebato pasional. Inició un camino de vuelta para recuperar lo perdido y rescatar el equilibro. La vida la trajo hasta aquí y la tiene frente a la misma ventana de siempre. Afuera el silencio es sepulcral. La vida se le aparece mitad espejismo, mitad juego. Ahora sabe que lo ha perdido. Ya es simplemente la sombra de un hombre, sin rostro, sin manos, sin huellas aparentes. Ya no es real, no canta, no habla, no suda, no anda.  Y ella sigue vulnerable.


“Sutilmente pediría que volvieras a mí con tus historias, aunque fueran repetidas. Conversaciones casuales pero oportunas.” Los recuerdos no se pierden, de repente se activan y vuelven a uno inesperadamente, se muestran crudos y reales enriqueciendo o contaminando el presente. Va por otro cigarrillo aun sabiendo que no será el último porque no cumple jamás la promesa. Tratará entre espasmos de placer, de espantar las sombras de ese pasado cercano que la atormenta.


Detrás de ella, en un mueble con recuerdos conserva un libro que él le regaló o del que ella se apropió. Ya no recuerda exactamente cómo se dio la situación. Su reliquia. Era una historia de náufragos, aguda y vertiginosa como la vida de ese hombre que la hacía soñar.  Ese libro que descansa junto a otros en ese empolvado librero sigue siendo especial. Nadie más lo ha ojeado. En su entorno familiar no son buenos para leer. Pero sólo ella sabe que atesora dentro una dedicatoria con un guiño especial que dice "¡Cuidado, solo duermo!”


FIN


jueves, 8 de junio de 2023

"Entre espías"

 




"Entre espías"

Hemos cumplido con el deber. Hemos protegido la patria tal como nos pidieron. Terminaba la misión. A la sala de máquinas se acercó un militar. Desenfundó la pistola con un poco de nervios. Pensé que me mataría allí mismo. Un dolor fortísimo se me alojó en el lado derecho del pulmón.  “¡Ya sabes, no será aquí!” -Me dijo parsimoniosamente. Me extendió una píldora con gesto amable. La acepté. Me insistió con la makarov que me dirigiera al montacarga, subiríamos a la superficie y saldríamos del recinto sin chistar. Me sabía el procedimiento de memoria, no había más.

Ya en la calle simulé que me ponía la pastilla sublingual. El bajó la guardia, yo eché a correr, de zanja en zanja, de calle en laberintos, por bosques, cerros y llanos; y corrí y corrí días, semanas, meses y años.

Hoy lo puedo contar.

 


sábado, 20 de mayo de 2023

Línea recta

 

“Línea recta”

 


La tarde cambiaba de color, se hacía de noche. El aire húmedo olía a musgos y pasto fresco. La vegetación se estremecía de vida pura. Lleno de felicidad, concentrado en sí mismo, él iba disfrutando la música estrepitosa que penetraba a destajo por los inmaculados audífonos de nueva generación. La hilaridad le envolvía. No estaba dispuesto a darle espacio a otros ruidos. Los ojos enrojecidos por el cansancio no impedían que contara los travesaños que fluyendo armoniosamente bajo sus zapatillas deportivas se sucedían a distancia estrictamente calculada. Al fondo de la línea recta del ferrocarril se divisaba el entronque que él debía tomar rumbo a su casa. ¿Siete minutos? Quizás menos. De repente notó que se iluminaba el camino, algo tras él galopaba a toda marcha. Pero no vio más, porque el choque provocado por la mole gigante de fierro fue brutal. Voló y rodó ya sin conocimiento. Después de un mes despertó en la sala de un hospital rodeado de rostros que lo observaban con mezcla de compasión y alegría. No entendía nada. Poco a poco empezó a reconocer a los que estaban a su alrededor. Quiso moverse. No pudo. Su frágil cuerpo no le respondía. Tratando de ordenar sus precarios recuerdos creyó escuchar a lo lejos el impetuoso rugir de una locomotora. Notó que unas lágrimas genuinas y liberadoras estaban por brotar. Exhalando un hondo suspiro empezó a llorar.

 

jueves, 19 de mayo de 2022

“Lo que leo en tus ojos”

 



“Lo que leo en tus ojos”

Atravesar en tiempos de paz una ciudad en medio de un apagón y bajo una estrepitosa lluvia tropical es una experiencia imponente y delirante. Santa Clara dejaba ver su rostro menos amable. A esas horas de la noche ofrecía una imagen sombría y muerta. Tras suma de portales, por aquí o por allá, se divisaban algunas puertas abiertas y a grupos de personas frente a un candil o mecheros. Un sinnúmero de fachadas se erguían majestuosas, muchas de ellas sin duda habían conocido años mejores.

Por suerte, al llegar al hotel situado a las afuera, la lluvia había amainado y la luz alegraba el lugar, bien porque se había restaurado la falla eléctrica o porque el recinto contaba con un generador particular. Manuel no lo averiguó.

Esa noche Manuel se hospedó en el hotel Los Caneyes, una villa con espaciosas cabañas cónicas revestidas en piedra y madera, con techo de paja y adornos que evocaban una Cuba prehispánica. La villa situada en un ambiente verdaderamente tranquilo rodeado de mucha vegetación tropical le hacía muy bien a Manuel que huyendo del asfalto y ruido mundanal quería sólo un momento de paz y relajación.

Después de dejar su equipaje en la habitación se dirigió al amplio restaurante con comida sin mucho aspaviento, pero con excelente atención. Aunque estaban por cerrar, eso no impidió que fuera acogido con mucha hospitalidad. Disfrutó una cena que consistía en frijoles negros, nunca tan buenos como los que cocinaba su santa madre, acompañados necesariamente con arroz blanco graneado y una buena porción de carne de cerdo y plátanos fritos. Le apetecía un vino, pero la oferta allí era discreta y poco tentadora. Se decidió por la cerveza nacional Hatuey. ¡Genial! Después de cenar, ducha y cama porque el cuerpo se lo pedía. El libro que se había traído de Chile con pecaminoso título "Infiltrada" y que logró pasar los controles aduaneros, a veces rígidos e incomprensibles, estaba por ser devorado. Lamentablemente el cansancio lo superó y sobre la cama quedó sin tocarlo. Quería repasarlo por segunda vez, y terminarlo cuanto antes para dejárselo a Beatriz. Ya le había comentado a ella que el libro lo tenía con el pecho en recogimiento. Tocaba un tema muy sensible sobre Corea del Norte, su régimen comunista y su consabido hermetismo. Y ella le espetó sin miramientos esa vez "No quiero saber ni de Corea, ni de política, ni de guerra". Manuel porfiadamente se lo trajo porque los que le querían de verdad tendrían que bancárselo con sus ideas políticas y sus pensamientos. Atrás quedaron esos años donde el silencio impuesto por el gobierno lo mantenía atragantado. Esa noche soñó con Corea. Millones de hormigas hambrientas y famélicas poblaban sus imágenes, ranas y ratones entorpecían su descansar. Soñó con insectos que, aunque con rasgos asiáticos al principio, iban mutando a medida que avanzaba el sueño en mulatos y negritos de su antigua barrio. Entre seres buenos y malos y uno que otros guiños sobre el encuentro que tendría lugar al día siguiente con Beatriz transcurrió su noche de pesadillas.

Claro, Beatriz era la causa de esta parada obligada. Después del desayuno el grupo de chilenos con quien viajaba iría a visitar un famoso monumento, que para él no representa nada, por el contrario, le sacaba ronchas y recorrería el centro de la ciudad, sacando fotos a las casas coloniales menos ruinosas antes de seguir el tour a los cayos de arenas finas y sedoso mar. En cambio, él esperaría por Beatriz. Le dedicaría un espacio importante a su amiga cubana. Era como una tregua en esta vida tan programada que se lleva hoy día. Nunca es tarde para retribuir el cariño que los unió desde la adolescencia. Manuel volvía por sus raíces, por todas esas personas que no había podido olvidar. Beatriz es una cubana de tomo y lomo que conoce desde jovencito cuando para verle mejor tenía que alzar la vista hasta su gran altura, en cambio hoy ella es más chica. Los une un tramo común, una época de sueños bondadosos y escasas esperanzas. Ahora son dos personas muy atadas por ese vínculo de situaciones precarias del ayer donde ambos se sentían sobrevivientes a un puñado de episodios, unos felices, otros desafortunados.

Cuando amaneció, Manuel se sentía relajado. El día no podía ser más radiante. El sol resplandecía y del aguacero del día anterior no quedaba más que humedad y mucho calor. Los colores de azul intenso se colaban por las persianas de su pieza. En la radio que sintonizó se escuchaba "La ciudad se derrumba y yo cantando" del cantautor Silvio Rodríguez, ¡Qué paradoja! Pensó.

Manuel sabía que éste sería un viernes distinto. Tendría que enfrentar, aunque no quisiera, esas penurias que hacía más de treinta años él había dejado atrás. “Recordar es volver a vivir”- murmuró. Como otros tantos cubanos, cuando se decidió a cruzar ese umbral, esa cortina de hierro, cansado de consignas y miserias, pudo constatar por sus propios ojos que tras la frontera de Cuba había vida y espiritualidad. Y aunque pasa el tiempo Cuba le sigue doliendo. Le duele ver que todo sigue igual.

La gente sigue cobijada bajo el alero de los largos discursos programados y trillados. Lemas empolvados de vocablos enardecidos, copia barata de otros que un su momento tuvieron efecto, pero que hoy no sirven más. Todos, creyendo en la misma casta enguayaberada que viste blanco impoluto y muestra panzas prominentes.

Beatriz, alucinada, sigue pensando en un futuro luminoso en cambio Manuel ve un país que se precipita vertiginosamente hacia la oscuridad, transitando por un período que los gobernantes han optado por llamar "Período coyuntural". Ahí está el mismo velo paternalista leninista, como fenómeno revolucionario, cubriendo cual manto al país y su gente.

Beatriz, aunque en la carrera de esta vida le lleva adelantado a Manuel sólo diez años, ya con setenta empieza a sufrir de muchos males y lo mismo le puede doler un dedo que un pelo. Dice ella que para colmo le declararon hace poco el mal de Korsakoff.

Un día, no hacía mucho, notó que su cabeza no andaba bien. Había salido a comprar algo, pero a medio andar, cuando estaba a dos cuadras de su casa llegando a la Plaza Vidal se tuvo que sentar en un banco de los pocos que no están destartalados, no por cansancio sino para reflexionar qué la había llevado a ese lugar. Registró los bolsillos de su bata azul marino que siempre lleva puesta porque es holgada y aplaca el calor sofocante de este Santa Clara seco y hostil. Dinero traía muy poco y unos dolaritos que le había enviado su hijo desde el imperio para que fuera tirando. La tarjeta de abastecimiento, arrugada y casi sin anotaciones a pesar de que ya estaba por terminar el año también la traía a cuestas. Pero seguía sin recordar el motivo de la salida. Además, eso de andar en bata de casa estaba muy lejos de su costumbre pues si algo imperaba en ella era la necesidad de arreglarse bien, aunque saliera a buscar el pan a la esquina.

Pero allí estaba sentada, meditativa. Observaba la gente que pasaba. Unos pioneritos, con pulcros uniformes, atravesaron el parque en perpendicular de vuelta de la escuela, supuso. Entonces debía ser medio día. Siguió a los niños hasta que desparecieron en la esquina. Iban alegres como lo hacía ella en los años sesenta, cuando su mundo era distinto y prometedor. Estos reían y alborotan la tarde, en cambio percibió a otras personas pasar con caras avinagradas reflejo de la falta de oportunidades y comodidades. Unos irían a fajarse con la guagua, otros a tratar de encender el fogón. Todos, náufragos de un sistema que no prosperó. Un país que había transitado de un período difícil a otro llamado período especial y de éste a uno más confuso conocido como Período coyuntural. Para hablar bonito y crear consignas con mucha parafernalia los cubanos eran campeones. Un anciano con muchos menos recursos que ella, a juzgar por la precaria vestimenta, alimentaba con unas semillitas a tres descarriadas palomas. Antes, ella recordaba que las palomas eran muchas más. Decían que se las habían ido comiendo de a poco, a ella no le constaba, pero también había oído que una brujera famosa en el barrio colaboró con el exterminio de la alicaída fauna del Parque Central. Desde ese punto del parque veía cómo la gente peleaba por un espacio en la guagua, otros hacían cola pacientemente en la bodega de la esquina a la espera de que le despacharan la cuota de arroz. Un señor, también muy mayor, mendigaba por un cigarrillo. Y un tercero vendía su cuota de picadillo de soya al buen postor. Las moscas pululan con entusiasmo sobre el señor, o sobre el picadillo, o quién sabe si sobre los dos.

Ella insistía en buscar la razón de la salida intempestiva de su hogar sin rumbo aparente. No iba donde la peluquera a quien acudía aunque fuera solo por el placer de conversar un rato siempre y cuando la casa no estuviera llena de esas mujeres parlanchinas, de esas que gustaban dar rienda suelta a la lengua independiente de que no tuvieran nada sensato y cuerdo que decir u opinar. Descartaba también como destino el trabajo de su esposo quien estaría a esa hora en la fábrica. Su esposo siempre hacía turnos de tarde, pero la administración desde un tiempo a la fecha había instaurado la guardia diurna del establecimiento para evitar que inescrupulosos rayaran las paredes con consignas anti-gobierno. Corrían nuevamente tiempos difíciles y había que salvaguardar los logros del socialismo costara lo que costara. Bueno en esa fábrica ya no había nada que salvaguardar, pensó ella cándidamente. Además ¿quién en su sano juicio iba a andar rayando paredes a pleno sol del día? Si bien es cierto que los dirigentes del Partido habían declarado que esta medida "Guardia popular" era por un tiempito, ya Beatriz que había perdido su ingenuidad hacía muchos años atrás, entendió que esas eran las cosas que en Cuba llegaban para quedarse. Una perpetuidad como otras de las tantas que el régimen había instaurado bajo la consigna “mientras tanto”. Y el pobre de su marido ya no estaba para esos trotes, tenía hartos achaques. El largo “período especial” declarado en la década del noventa (que algunos se atrevían a decir que nació en 1959) y luego la llegada del “período coyuntural” le habían pasado la cuenta. Ya no estaban esas fuerzas juveniles para afrontar batallas titánicas. Desapareció el entusiasmo que lo llevó a enarbolar consignas, que lo empujó iluso a los cortes de caña en los campos de Camagüey durante la zafra de los diez millones, cifra que nunca se pudo alcanzar y un sinfín de tareas que asumió con verdadero compromiso confiado en que a la vuelta de la esquina estaba el futuro luminoso que tanto le comentaban en las asambleas partidistas. Para remate se le había declarado una alergia, algo así como soriasis producto del estrés. ¡Qué raro! Piensa Manuel irónicamente cuando Beatriz le comenta por internet y lo pone al tanto de las vicisitudes por las que atraviesa el país. En honor a la verdad Manuel desde afuera está más informado que los habitantes de la isla y logra ver con mayor claridad lo que hay detrás de cada consigna o notición propagandístico revolucionario. Manuel está despercudido y no tiene obligación para con el régimen que le borró los sueños a tantas gentes. Ya no pueden decirle a estas alturas del partido que todo el que se había ido de la isla era escoria, apátrida recalcitrante y malagradecido.

Beatriz le contó a Manuel que nunca llegó a saber qué la motivó ese día a salir de casa. Esa vez, allí en el parque Vidal recuperó la cordura. Volvió la quietud y poco a poco fue ordenando sus pensamientos. Tras otros episodios más o menos parecidos, aunque de menor calibre, decidió acudir al médico. El doctor después de un examen y comprobado que para Beatriz los últimos meses habían sido una suma de días con grandes desafíos e intenso esfuerzo físico y mental, le había diagnosticado un estrés y recomendado reposo absoluto por un tiempo.

¿Reposo? - pegó el grito al cielo - ¿Y quién se encargaría de la cola para el pan, de conseguir aceite, de terminar de pintar su casita, obra que había parado por falta de pintura? ¿Quién iba a corretear todo Santa Clara en busca de algo para comer? ¿En qué planeta vivía ese doctor? Imposible. La cama no estaba hecha para ella. No lo estuvo nunca cuando estudió en La Habana. No lo estuvo cuando sacó adelante tareas importantísimas, esas mismas que le merecieron un viaje a Checoslovaquia antes de la caída del muro socialista, no lo estaría bajo ningún concepto ahora, con la situación como estaba.

Además, tenía que estar sana para ocuparse del marido que también acarreaba sus propios males. Manuel en broma le había preguntado a Beatriz que de qué hospital había sacado a su actual pareja porque tenía más achaques que locomotora del siglo antepasado. Es que tenía tantas enfermedades que no cabía otra pregunta. – “¿De qué película de terror lo sacaste?, chica. Nadie puede tener tantas dolencias juntas, además eso que me contaste que le hace mal el olor a cloro ya es suficiente”. Beatriz solo se reía y mostraba esa candidez tan propia de ella. Esa modestia y candidez que él desde la distancia, aunque no podía verla, intuía.



Hoy la distancia desaparecería.

Beatriz

Esa mañana Beatriz se levanta con entusiasmo. Ha llegado el momento de entregarse en un abrazo cálido que ha esperado muchos años. Está invitada con su marido a la villa para juntarse con Manuel. Cuarenta años sin verle ¿O más? La emoción la embarga. Junto a la mesita de la cocina se pierde en el humo que despide la tacita de café recién colado. El alucinante líquido le sabe más dulce. La mañana se le antoja gigante. Observa el reloj de pared permanentemente porque se debe a la puntualidad. Antes de salir quiere dejar unas prendas en la lavadora aprovechando que hoy toca agua en su sector. Su marido con turno de tarde y sin horario de guardia, por el momento, ya ha salido temprano a resolver. Tuvo que ir a buscar un saco de arroz que le prometieron y en este país esas oportunidades son únicas, tiene que disponer de la mañana para ello. El hombre es empeñoso y a pesar de sus achaques lo mismo se le ve cargando una java de frijoles que una bolsa de boniato. Y como es un poco celosillo quiere ver qué hará su mujer metida en un hotel desde temprano. Valora la amistad, pero como es un viejo chapado a la antigua tiene sus propios prejuicios y complicaciones.

Ya ella le había espetado cuando él empezó con recriminaciones –“carajo, anímate. -Si no quieres ir, allá tú. Te fríes un huevo con el aceite que está en la latica y se acabó. A mí no me vas a amargar la mañana”. Cocinar no era el punto fuerte de su marido. En verdad no era el punto no más.




Bernardo no alcanza a emitir palabras, o, mejor dicho, respondió entre dientes con un sonido gutural ininteligible. No faltará al almuerzo en honor al decoro y las buenas relaciones, pero considera que no es bien visto juntarse a charlar con gente que se fue del país. ¡A lo hecho pecho! Manuel por su parte telepáticamente entiende que este señor no pueda dejar tan sola ni un minuto a un encanto de mujer, pero lo de ellos es como una hermandad. “Cero peligros, pierda cuidado”.

Beatriz que ya se ha bañado y está engalanada con la mejor tenida y su amplia y encantadora sonrisa sale al centro en busca de la guagua que la llevará al hotel. Al cerrar la puerta, su vecina, la encargada de vigilancia del Comité diligente y entrometida como siempre, deja la escoba a un lado y le pregunta que a dónde va emperifollada y perfumada tan temprano.

-A la bodega no ha llegado nada todavía, y el pollo brilla por su ausencia. ¡Ya tú sabes!

Que ganas de responderle “Métase en lo suyo y siga barriendo, que eso le sale mejor” pero la contención es necesaria en estos casos y la ansiedad no le pueda ganar – Nada, voy donde una amiga.

- ¿Y tan solita? - Con una cuota de sarcasmo.

-Yo sola me sé cuidar-responde ella si parar.



Beatriz apresura el paso y deja de mirar hacia atrás. Una, dos, tres cuadras. Pasa frente a la iglesia de Santa Clara. Ahora podría entrar sin problema alguno para agradecer. Atrás ha quedado esa nefasta época donde creer era un verdadero pecado. Llegó tarde a la fe por culpa del dogma impuesto por el gobierno, porque “la religión era el opio de los pueblos”. Ella no pertenece a ninguna iglesia en particular como la mayoría de su generación. Se acuerda de Dios solo cuando el zapato aprieta y de hecho ha participado en una que otra misa. Pero hoy no está para santos, el tiempo apremia.

Manuel y Beatriz

Después de los consabidos abrazos y aleteos de emoción tan típicos entre los cubanos, intercambio de obsequios y cortas frases de bienvenida y parabienes, ambos se instalan en la cafetería del hotel, con bar abierto mirando hacia la piscina. Había muchas mesas despejadas. A esa hora deambulan unos turistas con unas copitas de más reminiscencia de la noche anterior. Un par de viejucos, al parecer canadienses, se deja acompañar de regias mulatas jineteras, que con su contoneo habitual sostenido por dos metros de exuberantes piernas se disponen a darse un chapuzón. ¡Que no se puede andar a las 10:00 de la mañana con esos tacones tan altos, además es incompatible tanta belleza con esas minifaldas de mala factura y dudosa confección! Le comenta Manuel a Beatriz en tono bajo.

“Escapando de la escasez”- Le dice Beatriz con un guiño. Ambos se echan a reír con esa complicidad sana que los envuelve.

_Esos gorditos con panzas cerveceras, aparentando bolsillos llenos de dinero, no son ricos necesariamente. La gente de plata en el capitalismo cuida la figura, vive a dieta y busca otros mercados. Hasta en eso Cuba lleva la de perder.

_jajaja ¡eres tremendo!

Un árbol con amplia copa desplegaba su sombra sobre una mesa de hierro forjado al estilo colonial. Lugar ideal para cobijar a un cubano que ya no soporta el calor. Allí se sentaron para dar rienda suelta a tanta historia por contar. El camarero solícito les pregunta si desean tomar algo. “Espero que a nuestra edad no piense mal intencionado que estoy ligando a la cubana. Lo nuestro es verdadera amistad en el más amplio sentido de la palabra” piensa Manuel

Manuel la invita a un café, sería para ella el segundo en la breve mañana pero cómo desperdiciar ese aroma exquisito que embriaga el entorno. Cuando tiene ante sí la tacita de café entre breves cortos buchitos percibe el aroma e inmediatamente una sensación poderosa se apodera de ella. Algo distinto había despertado en su memoria. Ese café hacía tiempo que no lo probaba, pero estaba allí en su subconsciente, venía arrastrando recuerdos de cuando en Cuba alguna vez hubo café de verdad. Pasado y presente se unen para hacer más mágico el encuentro.

-Te agradezco tanto este espacio. Independientemente de todo lo que hemos conversado por whatsapp, no es lo mismo.

-Siempre que las conexiones lo han permitido porque la comunicación con Cuba siempre es difícil. Cuba ha convertido un tema tan sencillo en un verdadero parto con fórceps que dicho sea de paso no está exento de riesgos.

-Tienes toda la razón

- ¿Pero estás a gusto, Beatriz?

-Obvio. Solo que estoy cansada. Cansada de las labores hogareñas. No tiene remedio. Y no me quedan muchas fuerzas, aunque el deseo esté. Estas cosas deben andar parejas, pero lamentablemente el tiempo no me acompaña. Porque a veces no encuentro el sosiego necesario para seguir - Piensa en esa presión en el pecho que la paralizaba, esa ansiedad alojada en cada una de sus células. _Es frustrante Manuel, ver que no alcanzas la felicidad plena. Un día se te funde un bombillo y no hay donde comprarlo, otro día se tupe el alcantarillado y no hay quien lo repare. La economía ahora es más precaria y hay que saber ajustarse el cinturón.

_Me imagino.

_La vida y el trajín de casa te consume. Aunque planifiques las tareas siempre habrá inconvenientes. Estoy lavando o cocinando y alguna vecina me grita que llegó el pollo y como todo cae a gotas debo dejar lo que estaba haciendo a un lado y partir a buscar el famoso pollo antes que se acabe. Acá no existe el “voy después”.

El estar frente a Beatriz no impide que Manuel se mantenga alerta a todo lo que ocurre a su alrededor, incluso los diálogos que un poco más allá se desarrollan. Las palabras que no lo logra captar, las interpreta a su manera. Se percata de que desde un camión distribuidor de cervezas que está abasteciendo el recinto turístico, unas cajas pasan al bar y otras tantas son desviadas a carros parqueados cerca de la entrada. Allí se tranzan negociaciones importantes. Hay dinero de por medio. Manuel no puede precisar el trasfondo de ese comercio aparentemente ilícito por la forma de actuar de los involucrados, pero sabe que es trapicheo nacional. El espiaba con el rabillo del ojo izquierdo involuntariamente. Lo malo de ser una persona observadora es que a veces termina entendiendo y notando cosas que era mejor no saber.


Conversando de todo y pescando un tema por aquí y por allá repasan su salud. Hablan de sus respectivas familias, de nimiedades, del trabajo, uno que otro chiste.

Manuel repara en que encuentra muy lúcida a Beatriz y le comenta que eso del mal Korsakov no corre para ella.

- ¿Es que te conté lo del mal ese de Korsakov?

-Sí, algo me habías contado por whatsapp.

- ¡Oh! ¡Qué torpe fui!

-Tranquila Beatriz. Pero te cuento que te han diagnosticado mal. Ese mal afecta a las personas que abusaron del alcohol y no es tu caso, según lo que conozco de ti. La vejez trae consigo lagunas mentales que no necesariamente tienen que ser locura o alzhéimer. Incluso es la defensa a la que recurre el ser humano para escapar de la realidad, aunque sea por un instante. Olvidar es dar espacio al no reconocimiento de nuestras propias penurias y culpas.

- ¿Tú crees?

-Olvidar a veces resulta placentero. Así no notas lo que dejaste atrás, ni por qué luchaste, si valió o no la pena.

-Sí, es verdad. También me cuestiono muchas cosas.

-Entonces no todo está perdido mientras te des cuenta de que esto no tiene remedio

-Pero ¿cuándo se empezó a joder esto Manuel?

-Esto nació Jodido Beatriz, no seas ilusa.

-Tuvimos años muy buenos ¿O no?

-Eso crees tú. Tuvimos años menos malos, que no es lo mismo. Cuando nos dieron un trocito de chocolate nos creímos que estábamos en el paraíso. Cuando repartían el cake para el día de las madres nos sentíamos protegidos y mimados. Era parte de la estrategia comunicacional. ¿Que solo pudiéramos comer un trozo de cake una vez al año te parece suficiente?

- ¡Ay! no sé. Tengo mis dudas.

-Y es normal que las tengas. Todos las tenemos. ¿Crees que yo después de enarbolar tantas consignas, participar en marchas, apoyar eslóganes, reuniones, dejar el lomo en la limpieza de la cuadra, me acosté a dormir y al día siguiente cambié de idea y de parecer? ¿que dejé de ser excelente revolucionario de un día para otro? Todo fue paulatino. Ahora me doy cuenta de que participar y gritar en la multitud era la forma de estar seguro. ¡Véanme, yo soy del pueblo! ¡Véanme yo estoy con ustedes!

- ¿Tanto así?

- Obvio Había que aparentarlo para llegar un poquito más lejos. Y no me refiero en el plano físico. Tú estuviste tres años en Usti Nad Orlicí y Hradec Králové y la pasaste muy bien. Pero eso fue una estrella fugaz. Zas! Ya no está y de ella quedó solo el recuerdo.

-Sí es cierto, pero teníamos vida propia ¿o no?

-No Beatriz. Nunca tuvimos vida propia porque tener vida propia era mal interpretado, era egocentrismo e individualidad. ¿Te acuerdas de que no era bien visto y hasta un acto corajudo llevar pantalones estrechos y pelo largo? Eso eran actitudes elvispreslianas decía el comandante.

-Pero andaban por la calle muchos así

_Andaban así los desajustados que no tenían nada que perder y la mayoría terminaba en la UMAP que si no te has enterado hasta Pablo Milanés los catalogó de campo de concentración marxista. Y muchos de esos corajudos pepillos terminaron pelados al rape en una estación de policía. ¿Te olvidaste Beatriz?

_ Es que tengo la cabeza mala y estoy presente solo en el presente.

_ ¡Olvidar! Eso es conveniente y volvemos al punto de partida.

_ ¿Tú crees que con el período especial empezó a joderse esto?

_Quizás antes. Mucho antes. Cuando enviaron a los campos de Camagüey a cortar caña a todo el que quería irse de la isla. Cuando al comandante se le ocurrió tantos planes y programas que nunca fructificaron, cuando lo del Mariel y los actos de repudio, y seguimos sumando.

-De repente recuerdo algunas cosas.

_Te acuerdas de las asambleas de idoneidad en las universidades, en las fábricas ¿o las olvidaste también.? El objetivo de esas asambleas era centrarnos. Y ya sabes el camino que les esperaba al que quería salirse del tiesto.

_Era un proceso de corrección ideológica

_Desde el triunfo hemos estado corrigiendo. Yo he seguido de cerca el desarrollo de este programa económico que no tiene pie ni cabeza. Pero sin ir más lejos tenemos el picadillo de soya, las croquetas fricandel, el bistec de cascaras de toronjas, el huevo frito sin aceite, el pollo en lugar de pescado, la tripa de no sé qué y el embutido de sé cuánto. Sin olvidar la limonada de Canel. Y lo último, lo más chistoso, el avestruz hidropónico y sus huevos, noticia que sorprendió a muchos, e hizo reír a todo el mundo.

_Qué malo eres, chico

_ Yo no inventé esos disparates.

Beatriz como queriendo cambiar de tema se acomoda en la silla, se estira su impoluta blusa blanca y hace como que se entretiene con sus aretes. Lleva una mano a su nuca por detrás y con los dedos abre surcos en su melena que lleva corta. Como muestra de confianza o quizás como guiño de sinceridad agrega.

_Pero hay gente que está peor.

_No lo dudo

_No por el tema de la comida solamente. Viven en casas apuntaladas con techos a punto de caerse.

_Qué terrible

_ Están pidiendo el agua por seña. ¡Si tú supieras! El agua llega cada cuatro días, es cierto, en cambio hay sectores que llevan 15 días sin agua. La presidente del Comité y la delegada de zona no tiene respuestas para nada.

Tenemos un amigo, Andrés, quien construyó su ranchito con tablas de las cajas de muertos del cementerio colindante. Cuando a ese viejito le entreguen dos tablas y un saco de cemento va a decir "Gracias a la revolución" La gente sigue siendo agradecida.

_Ustedes están en la etapa del acostumbramiento hace rato. Cada vez que pregunto a algún cubano, a mis tías, a mis primos, cómo está el tema del agua, me responden “Eso no es un tema, el agua llega sin problemas cada cuatro días” ¿Crees tú que eso es una respuesta coherente?

-Es la vida, Manuel

-No Beatriz. Es la vida que nos tocó en este país socialista. Los socialistas exigen para su causa trabajo y propiedad ajena porque es una filosofía del fracaso, el credo de los ignorantes, el reparto igualitario de la miseria. No lo digo yo, lo leí alguna vez. Estoy convencido de ello.

_ El descontento se manifesta en insignificantes quejas. Vivir por etapas, así estamos acostumbrados en Cuba. Si estamos en función del pollo, hay que olvidarse del resto, enfocarse en el pollo, vivir y morir por el pollo, esa es la etapa que hay que sortear cada día. Nadie cuestiona la doctrina del partido, y si alguna duda surge, ésta cobra fuerza solo cuando se ve alterada tu propia vida. Mientras no toquen a los míos o mis cosas el resto que siga su curso, que las aguas lleven la mierda por su propio peso hasta la desembocadura del río.

Beatriz tenía claro cuándo aplaudir y vitorear; también cuando pifiar, esto último solo bajo la ducha de la casa donde nadie podría intuir sus propias necesidades y su rabia. Ahí volcaba todo, se desahogaba y vertía su malestar.

El calor se hace sentir y eso que están a la sombra. Manuel propone tomar algo con alcohol, pero refrescante.

-Podríamos tomarnos algo más fuerte como aperitivo. Allá en Santiago acostumbro siempre antes de almorzar servirme un trago Cuba Libre y algo de picoteo. Siempre aparece algo, unos quesitos de cabra, aceitunas, alguna pasta casera con tostaditas, maní, qué sé yo. Es casi un ritual porque es el único día de la semana que disfruto el almuerzo distendido y este preámbulo se hace necesario de todas maneras. Como estoy suscrito al diario los fines de semana me pongo al día con el acontecer internacional mientras me tomo el trago.

Manuel levanta la mano y acto seguido se acerca el camarero, quien no tiene mucho que ofrecer porque su carta habla de bocaditos y dulces. Ante la insistencia de Manuel y varios viajes a la cocina para ver si puede satisfacer con algún aperitivo el exquisito paladar del turista, el camarero le dice en tono algo enojado que él recién está entrando al turno y que además ha llegado atrasado por culpa de la maldita guagua que no pasaba y que está sudado y que esto y que lo otro. Está a punto de contarles cuánto le pagan y los esfuerzos que tiene que hacer cada día para llegar a este recóndito lugar. Manuel no lo dejó continuar.

_Tranquilo. Nos contentamos con un par de Mojitos. No te preocupes por el resto.

Cuando se retira le hace ver a Beatriz que situaciones como esas cunden el país, lo maltratan y lo destruyen.

_Así no se puede, Beatriz. Así no se avanza. Así no se vive.

Mientras esperan los tragos siguen disfrutando de una charla muy entretenida. Ambos lideran la conversación con humor sarcasmo y mucha sabiduría. No hay competencia. Beatriz quien no quiere que se pierda la magia de este encuentro, trata de ser menos profunda y Manuel por su parte menos incisivo, pero cada uno lee en los ojos del otro lo que no manifiestan las palabras y las emociones.

Llegan esos mojitos con trozos de brillante hielo y unas hojas de verde y aromática yerbabuena que despierta el paladar. Sorben el trago y sólo allí se dan esos escuálidos momentos de silencio, pero es un silencio cálido y acogedor, lleno de miradas placenteras. Es una pausa obligada para dos personas que gustan de hablar.

-Manuel, yo te noto renovado, ágil, con mucho entusiasmo. Veo tus fotos en Facebook haciendo deporte, en la bicicleta, en la playa. ¿No será que andas persiguiendo permanentemente la juventud que se te escapa?

-Para nada, totalmente al revés. Intento tener una vejez afortunada.

- ¿cómo se logra eso?

-Uno aprende con los años. Y justamente la edad me ha dado de posibilidad de decir No cuando quiero. Ya ando sin compromisos. Ya no me vienen con cuentos de planes quinquenales ni sobre cumplimientos de metas porque yo soy mi meta, aunque te suene arrogante.

-Dime ¿Por qué te fuiste de Cuba?

-Me agotó tanta chabacanería, guapería de barrio y marginalidad.

-Sí, siempre fuiste distinto.

- ¿Crees tú? Me liberé de los apegos y de los miedos. Lo importante es compatibilizar los impulsos emocionales, esas ganas de escapar con armonía para hacer las cosas bien respetando los tiempos.

-Acá con tus conocimientos y contactos hubieras llegado muy lejos

-No. Esto es un callejón sin salida. Yo no quería ser preso de un destino dibujado por el gobierno impositivo en esta angosta isla

-Pero tú tenías de todo.

-Tenía lo que me dejaban tener. Y te respondo tu pregunta. Me fui por los libros que no nos dejaron leer, por las canciones que no nos dejaban escuchar, por la religión que no me dejaban profesar. Me había cansado de las trabas, las mordazas, de los muros.

-Han sido años muy difíciles.

-Mis padres, ambos, me dieron no todo lo que quise, no eran magos, pero sí todo lo que ellos pudieron con gran esfuerzo. De ellos, diametralmente opuestos desde el punto de vista ideológico, me nutrí y desarrollé como persona.

-Te entiendo. Tu mamá fiel a la causa revolucionaria, en cambio tu papá no quería saber ni del Comité.

-“Participa, pero no te destaques demasiado, mira que el mundo da muchas vueltas”- decía un amigo de él de esa época. Coquetea con el sistema que te maltrata, si quieres esa es tu opción. No, yo no pude más.

-Tiempos complejos.

-Sin ir más lejos, recuerdo las palabras del ministro Ricardo Alarcón que dijo en una conferencia, casi chochando, que los cubanos no podían viajar porque “¿se imaginan a todo el mundo viajando?, esto sería un descalabro con tantos aviones de un lado para otro”

-jaja. Sí, se han dicho cosas peores.

-Menos mal que lo reconoces.

- ¿Cómo nos ves desde afuera?

-Deterioro en la economía, sociedad sin prosperidad ni justicia. Después de tantos años sigue habiendo pobreza cultural en los barrios, limitaciones en el ámbito educacional, acumulación de problemas no resueltos, una casa sin puerta, una calle sin asfaltar.

- ¿Y se puede resolver algo?

-Claro que se puede. Hay que priorizar; Qué vamos a sembrar, qué necesitamos sembrar, dónde es mejor sembrar. A mi tío Elio a cargo de grandes hectáreas de mangales le hicieron sacar todos los árboles para convertir la tierra en campos de caña de azúcar. Hoy no hay ni azúcar ni mangos. ¿Entiendes eso? Un país con tierra fértil, ríos caudalosos, sin escasez hídrica. No Beatriz, es la mano que gobierna la que no lo está haciendo bien. Hay que dejar de tener miedo al emprendimiento.

-No sé, parece una quimera

-Pero no es imposible si se toma la dirección correcta. No es a mí a quien corresponde dictar el norte. Yo estoy fuera.

-Y a salvo

-No sé sin tan a salvo, pero al menos disfruto de mi esfuerzo. Y vivo y rezo sin temores, y escribo lo que me place. Donde vivo hoy día es un país de riesgos y grandes oportunidades, pero hay que ser disciplinado….

-! ¡Ay Machi, me alegro por ti! ¡no sabes cuánto!

-Gracias, aquí me tienes reviviendo el pasado. Te aseguro que voy a sentarme a escribir todo lo que veo y por supuesto todo lo que siento e interpreto.

-Puedes ocupar mi historia, pero no pongas mi nombre, ni datos que puedan vincularme. ¡Ya tú sabes!

-Pero si este es un país libre ¿En qué podría yo perjudicarte?

-Es que hay cosas que tú no entiendes.

-Crees tú que no entiendo, Beatriz. Dejémoslo ahí y vayamos a recibir a tu marido que debe estar por llegar. Ya sé que el señor es celoso y además el almuerzo no espera.

A esa hora la piscina ya estaba casi repleta. La música, salsa y boleros, estaba a máximo volumen, cosa esta que dificultaba la distendida comunicación.



Manuel apura el último trago y mastica con placer el trocito de hielo dulzón que quedaba. Ambos se incorporan lentamente. Los helechos frondosos, en hilera, arman el camino empedrado hacia la entrada del hotel. Unos periquitos, de color verde encendido con pintas rojas, inquietos coquetean animosos entre sí. A Manuel le brillan los ojos. A Beatriz le palpita con fuerza el corazón.

-Eres muy cómico, Manuel-dice ella sin mirarlo.

-Y tú eres genial Beatriz



Continuará