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martes, 6 de octubre de 2026

Guanaqueros - un pedacito de paz

 



Guanaqueros - un pedacito de paz

A los ojos de otros siempre habrá algo que falta…o que sobra. La verdadera libertad es vivir sin pedir permiso al juicio ajeno. 

                             (Se lo tomé prestado a mi amiga Paola Torres)

Ni tan cerca como para que las olas rompientes en la costa me desvelen, ni tan lejos como para dejar de escucharlas al lamer la orilla del mar. Aquí tengo mi hogar. Me despierto con el canto de los pajaritos que revolotean alrededor de los pocos arbustos que pueblan el lugar. Cortina de par en par y una vista privilegiada hacia el Pacífico impetuoso. Guanaqueros amanece gris. La vaguada costera se disipa lentamente. Sin apuro, pero presionada por el sol, se deja empujar hacia quebradas y extensos valles interiores. Otras tierras ha de bañar. La lucha de poderes termina con el astro rey imponiendo su voluntad.

Con mi esposa Delma, hemos decidido que no habrá planes ni maratones, solo paz y tranquilidad. Desayuno distendido continental en la terraza. No llevamos ni zapatos ni relojes, televisor por ahora no hay (decisión propia). En la cocina cuelga un reloj cuyo objetivo es marcar los tiempos de cocción de los alimentos; sólo eso. Acá todo fluye y no falta en qué entretenerse.

Desde la terraza imagino que el pueblito se despierta, pero desde donde estoy no se distingue nada, el silencio es total. Alcanzo a ver unas lanchas y botes: seis, siete o más. En la orilla habrán muchos otros alistando su salida al ancho mar. Se desata una febril actividad de amarre y desamarre de embarcaciones, ajetreo de pescadores, hombres fileteando pescados, el volar de gaviotas y el chapoteo de los lobos de mar. Muy cerca vendedores de artesanías y artículos chinos que no pueden faltar. Turistas nacionales que vienen y van con sus críos y sus mascotas bien forongas, generalmente de la capital. Y merodean muchos perros vagabundos, porque acá, como en cualquier parte de Chile, siempre habrá un perrito triste, sin dueño, que añora un pedazo de pan.

Y con la contemplación del paisaje se nos va la mañana. A las doce en punto suena la sirena. Se emite desde el cuartel de bomberos y desde allí, abrazando la pintoresca caleta, se extiende cual lastimero aullido por todo el litoral.

¡Cómo no recordar mi infancia! ¿Cómo no volver la vista atrás? ¿Cómo no rememorar aquella otra sirena, la de Santa Cruz del Sur? Estruendosa y aguda sacudía todo el pueblo, su ancha playa y balneario. Acto seguido desde los galpones del combinado pesquero de Santa Cruz del Sur se derramaba un mar de gente, mayormente mujeres jóvenes, quienes con inusual algarabía después de la primera jornada laboral, volvían a sus casas a preparar el almuerzo para sus familias: arroz blanco, plátano frito, frijoles y un trozo de pan. ¡Qué tiempos aquellos!

Vuelvo al presente. Entre recuerdos y charlas nos vamos acomodando a las necesidades que van naciendo del día a día, sin apuros. Pasado el mediodía el aperitivo no puede faltar. Es la hora de abrir el bar. Antes de esa hora, jamás, sería un verdadero despropósito. 

Un ruido a lo lejos casi imperceptible desde la casa indica que se acerca un vehículo por el camino principal. No es visita. Seguirá de largo sin parar como otros tantos, y se perderá tras las lomas de exigua vegetación, arena y sal. De repente aparece el carro que reparte el agua y el del gas licuado, con una frecuencia nunca antes vista, tres o cuatro veces al día (ni parecido a Cuba que hay que esperar hasta tres meses para que te traigan el gas). Disculpen la comparación que algunos tildarán de odiosa, pero en mi caso es inevitable no recordar. Nunca podré olvidar las peripecias de mi madre  cuando en La Habana se nos acababa el gas licuado. ¡Ay no!, no quiero volver atrás.

El otro día, cosa rara, pasó muy lento un bus de turismo. Se detuvo por unos instantes. Unos pasajeros, viéndome arrastrar unos cactus para plantar en mi hogar, comenzaron a tomar fotos del lugar. ¿Acaso ellos creían que estaban ante la presencia de un autóctono de la zona? La vestimenta mía no era precisamente para nada regular. Cuán lejos estaban de la verdad. "Soy citadino, señores–pensé- y además extranjero en esta pampa desierta al sur del continente". Pero no me pidieron explicaciones y me dejé fotografiar y hasta saludé levantando la mano con entusiasmo. Continuaron su viaje sabe Dios con cuántas ideas elucubrando otra realidad.

Pero quiero centrarme en Guanaqueros, contarles de este apacible lugar, tradicional balneario veraniego y caleta de pescadores artesanales.

Guanaqueros es un pueblo chico sin parque central ni glorieta, pero cubierto con todos los servicios básicos: Estación de bomberos, retén de Carabineros, una escuela grande, una cancha de fútbol, una iglesia católica y una farmacia móvil, una posta de urgencia, un cajero, una abundante red de carnicerías, restaurantes con amplias terrazas “El Pequeño” que no es tan pequeño, “El Suizo” y el "Miramar"; y negocios de todo tipo para comprar. Hay aromas que me llevan necesariamente  a otros lugares del ayer. En cada rincón o esquina hay siempre algo que contar y si no se muestra, valdrá la pena intentar descubrir, porque es bien variopinto el entorno; tanto así que viven una manicurista rusa, un hacedor de llaves noruego, una peluquera checa o eslovaca, vaya a usted a saber en verdad; un croata flameando su insignia nacional, un alemán, dos suecos, un mexicano, un nicaragüense, muchos venezolanos de la diáspora (¡qué raro!), ecuatorianos del altiplano con su larga trenza color negro azabache que los identifica y los hace distintos a los demás, y unos aimaras que orgullosos de vez en vez sacan su bandera  a flotar; y no olvidemos a los haitianos que en busca de un futuro mejor, ya se asentaron en estas tierras indómitas. Gitanos no he visto, dicen que no hay.

Cerca de mi casa, también en medio de la nada, se levanta un centro religioso “Iglesia Metodista Pentecostal”. Ya conozco a su pastor, persona muy respetuosa con el que he compartido un par de veces. Encuentros distantes pero muy fructíferos porque él es muy amable y conversador a diferencia del resto. Los pobladores acá son densos, hoscos algunos, gruñones y de mal genio otros. Corteses muchos, pero contado con los dedos de la mano los que son buenos para la cháchara. En general ellos hablan poco y observan mucho. Se da una coherencia especial de silencio profundo y estado de quietud, armonía que no se expresa en el ruido, sino en una permanente calma que se expande entre la distanciada vecindad. 

Entiendo que el bienestar no se da en las palabras que se comparten como en la gran ciudad, sino en el silencio permanente que responde a la cercanía que ellos tienen con la inmensidad del mar. A diferencia de las grandes ciudades y la prisa que las caracteriza, acá el aire puro y el abundante yodo, brota como terapia de paz y envuelve a su sosegada gente.

En cambio en la feria se da otra realidad. ¿Y si nos llegamos hasta la feria el sábado para entender mejor el ambiente? No estaría mal. La feria siempre es lugar donde confluyen todos, no solo para comprar sino también para socializar. Aparecen toldos multicolores, carritos y camionetas ofreciendo productos frescos, hermosos y a un precio mucho más barato que en la ciudad. Abunda la oferta de queso de cabra, huevos criollos, paltas, frutas y hortalizas del sector. Acá se pausa por un rato el silencio para entregar otra postal totalmente diferente. Entre lugareños y extranjeros  se da una dinámica especial. Conviven con los acentos caribeños que aportan nuevo color al pueblo. Cada sábado aparece una energía distinta, tan distinta a la timidez nortina. La bahía mansa se regocija con la algarabía de sus habitantes. El temperamento de los lugareños moldeado por la paciencia que exige el mar, se desdobla, deja atrás sus frases con monosílabos para batirse a duelo con la algazara del lugar.

Grita un vendedor: "casero cómpreme pescado, que hoy es Shabbat. Pescado sanito y fresco. Ayúdeme con la compra, caballero, que necesito ponerme al día con el diezmo". ¿No es realmente genial? Y al lado, un haitiano, que también se ha instalado a vender de un cuanto   hay, pregona: " Si les gustan las negras, caserito, tengo las mejores . Y tras una pausa maliciosa mostrando socarronamente su blanca dentadura, agrega -"Aceitunas negras de las de verdad, de las buenas de Azapa". Y saca sonrisas el haitiano, tímidas, pero las saca.

Me encuentro al cura del pueblo que ya vuelve de misa. Se codea con unas señoras artesas y otras locales más emperifolladas. Una de ellas acompañada de su nana "la Juanita" que arrastra las bolsas con apio, acelgas y otras hortalizas, regatea sin cesar. Obvio, si estamos en Chile, esa estampa no podría faltar. Se acerca una familia en patota con cara de mirar pero no comprar. Son como ocho hermanos o primos, larguiruchos, delgados pero no esmirriados, rubios, ojos claros, con estatura que promedia el metro ochenta o más. "Por aquí estuvo la huella alemana", pienso yo. "Esos son de Puerto Velero" me aclara una vendedora sin yo preguntar.

¿Será que soy muy observador y me acusa mi actitud con frecuencia? Una vez mi hija Constanza en Santiago, también en una feria me dijo: "Papá, mira cuánto quieras, pero hazlo con disimulo. Eres demasiado evidente". Y yo me largué a reír porque ella tenía razón.

Entonces voy a ser precavido y obviaré la presencia de dos travestis que trajinan frutas, y de unos mormones extranjeros con impoluta camisa blanca y su placa de identificación conocida como nametag, "Elder Smith" (dicen que son neoyorkinos) y realizan su servicio misional. Ya les comenté anteriormente, que la fauna es amplia y democrática.

Se cierra la feria y con ella vuelve a apagarse el pueblo que entra en un estado de soponcio y calma fantasmal, estampa muy característica de los pueblos caribeños al mediodía que describe en sus cuentos García Márquez. Y así se mantiene hasta que llega un feriado largo y la vida de nuevo renace por un rato. Aunque verdaderamente Guanaqueros se despierta y sacude el letargo en diciembre y dura su alboroto hasta fines de marzo. 

El mar, siempre frío. Nunca cálido. En verano permite un ligero chapuzón pero sin engolosinarse “un ratito nada más” como dicen los chilenos. Masa de agua mansa a ratos, pero tumultuosa por naturaleza. Olas que no alcanzan para furtivos e intrépidos surfistas pero que aterran a simples bañistas que acuden al lugar. La playa es larga, con mucha arena y vientos que nunca adivinas cómo se van a comportar. Pero uno se va adaptando poco a poco.

¿Algo criticable? El manejo de la basura, y los desechos que los  transeúntes lanzan a lo largo de los caminos, ya parece deporte nacional. Todos los días cuando salgo de paseo con mi perrita Tete voy recogiendo latas y botellas. La falta de empatía con el medio ambiente y las incivilidades transforman el entorno en foco de insalubridad.  Tarea pendiente por solucionar.

Y así cae la tarde sobre Guanaqueros. La luz dorada del atardecer que corona los altos cerros es única e impresionante. Los tiernos gorriones vuelan a sus nidos. Cae la noche, la luna se deja ver custidiando un cielo con una luminosidad distinta, donde las estrellas viajan sin distorsión.   Se instaura la soledad.,

Nos vamos a la cama. Nuestros cuerpos empiezan a perderse entre sueños arropados por el murmullo del mar. Ni tan cerca para que las olas rompientes en la costa nos desvelen, ni tan lejos como para dejar de escucharlas al lamer la orilla del mar. 

Se acabó

Comentario en off. Un pariente que leyó los apuntes sin corregir ni terminar, indicó muy aireado "Pero te faltó contar que...…"

Interrumpo bruscamente _ eso que notas que falta, hoy me lo voy a reservar.


Guanaqueros, Octubre 2026